Última novela de periodista descabeza a “El Comercio”, cierto periodista enano y aquellos que cholean siendo cholos.
Tras su expulsión del diario “El Comercio” por el caso Petroaudios, el periodista Fernando Ampuero, no tuvo mejor idea que exorcizar sus demonios con un libro donde su alter ego Pedro José de Arancibia, un blanquito incomprendido en un país de salvajes, demuele a sus rivales del Decano de la prensa, su odiado ex amigo César Hildebrandt y el peruano que cholea siendo cholo y vive a la defensiva. El resultado: una novelita con cierto sarcasmo y que, pese a ciertos declives, supera sus trabajos anteriores .
El peruano imperfecto es aquel individuo de “estilo antiguo en vías de extinción que, a causa de su actitud relajada, su soberbia y su neurosis resulta tal vez peor que sus demás compatriotas” (14) y bajo este lema, Ampuero, vía su alter ego Pedro José Arancibia, pretende convencernos que nuestra sociedad vive a la defensiva, que cholear es la peor muestra de racismo y que no puede dejar de ser mujeriego ni con la ayuda del psiquiatra Max Hernández.
Así, asistiremos a las tribulaciones del protagonista, un hombre blanco con ”valioso porcentaje de sangre india (16) que trabaja en El Comercio y que tilda de ser dirigido por “intrigantes” y al que ausculta con ironía( “…los niños ricos (…) encopetados, sin probada alcurnia (…) tenderos o falsos altruistas (…) habían convertido el diario en un hervidero de ambiciones(…) la familia se hace más numerosa en cada década y, desde la sombra, legiones de tíos, sobrinos(…) ansiaban el poder y una tajada más grande de la torta (23)
“no puedes caminar por los pasillos (…) pues por allí, estiletes de conspiradores embozados (…) estos niños ricos (…) querían ser honestos e independientes a la hora de informar” (29).
Tras ese comienzo guillotinesco, a Ampuero, no le tiembla la mano para difamar con nombres y apellidos (“el celoso y amariconado Hugo Guerra, que tenia su propio plan(28) y atenuarse con la fijación de su alter ego por los traseros femeninos(“ el poto es un fetiche de poder limitado” (37), su vida amorosa con su musa Amanda y su labor de jefe de la unidad de investigación de un diario( “ se valora más (…) los casos nacidos de la observación, la intuición asomaba un hilito y un reportero lo jalaba(…) procedía con Secretarios del Congreso de la República con (…) oscura ambición” “ Pedro José Jampas compraba información” ( 35).
Mas adelante, Pedro José deja por un instante el periodismo para contar sus obsesiones por las mujeres, una enamorada que no se deja penetrar, una empleada piurana que logra desvirgarlo y una madre psicótica separada de su esposo.Toda una crisis familiar que lo salva su ida a Hungría donde conocerá a Zsofia, una húngara bellísima hasta que la muerte de su madre, le devolverá a su país, pese a un intento de suicidio.
Aquí, el narrador retorna al presente sin contar sus actividades en El Comercio y mas bien psicoanalizándose con Max Hernández donde ironizará sobre su hipersexualidad y su curador ( “Nunca tiré , ni con tanta vehemencia, como durante los angustiosos años del terrorismo-diría Pedro a Max cumplidos los cincuenta años, edad en que(…)se animó a tentar esa superstición del siglo XX tal como Borges bautizará al –fueron doce años de incandescencias,mi querido Max ( 157).
Lo que prosigue, en un nuevo juego narrativo de intercalar tiempos, son los inicios periodísticos del protagonista en Caretas, sincronizado con el presente de un Pedro José cuyo amor eterno Amanda buscará disfrazar de mil maneras para retenerlo y morirá en el intento.
Paralelo a ello y bajo el magisterio de Doris Gibson, Pedro José aprenderá el periodismo, pese a si flojera por levantarse temprano y conocerá a Eneas Marrul(¿César Hildebrandt?) que el alter ego de Ampuero , lo mostrará a veces como un individuo incomprendido y en otras un pobre y desmuelado infeliz.
Sería bueno que así como hace leña a Marrul, Ampuero se preguntase por qué nunca triunfo en la televisión con su mediocre Uno mas uno y solo trascendiese como revistero y a veces como periodista de investigación que acabó con su expulsión de dicho diario por audios que violaban el Código Penal.¡ Qué tal antecedente como periodista de investigación¡
Con todo, “El peruano imperfecto” vale por la expectativa biliar del autor sobre El Comercio matizada con algunas gotas de filosofía sobre el cholo peruano (“Los peruanos desconfiamos de todo. Nos han engañado tantas veces (…) que ya no creemos en nadie. El andino prodiga miradas torvas (…) el selvático esboza sonrisas taimadas, pero quizá nadie más desconfiado que el costeño, maestro de la suspicacia. Piensa mal y acertarás dicen los peruanos de la costa” (68).
Las únicas observaciones de esta novela devienen en los lugares comunes o chistes repetidos hasta por la vecina (“Los peruanos modernos (…) se hacen hoy con gran facilidad en camas, petates, hamacas y hasta asientos de autos (…) estacionados de noche en la Costa Verde (67) y el horror de contexto cuando en un párrafo escribe: “Lima. Años ochenta .Terminando la década, el terrorismo se desparramaba (213) y luego, remata (“Abstraído en esa vaga ofuscación, Pedro José no dijo que tenía que decir: disculpa la desconfianza, demuestras tu DNI?” (220).
No hay que llenarse de polvo en una hemeroteca para enterarse que, a finales de los ochenta, aún se usaba la libreta de tres cuerpos y no el DNI. Para la próxima, a comprarse un libro de Historia del Perú.
AMPUERO, Fernando
El peruano imperfecto
Ed Alfaguara 2011 |